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Mostrando entradas de 2022

El gato de Cheshire

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    Alicia exploró la vivienda de un rápido vistazo y decidió entrar en otro mundo maravilloso a través de un enchufe. Recorrió el circuito eléctrico y llegó hasta el mismísimo Netflix. Después de ver desde dentro varias películas románticas, recomendadas por el algoritmo y en las que tuvo algún que otro papel secundario, volvió por el circuito de la televisión hasta salir por la antena. Decidió después investigar en la nevera y, necesitada de descanso, se dio cuenta de que recostarse en la zona del queso le había quitado de un plumazo su aroma natural a frescor de campo. Cambió de ubicación y en la zona de los hielos sintió excesivo frío, así que esperó a que se abriera la puerta y se agarró fuertemente a la botella de leche que una mano pequeñita, pero muy grande a sus ojos, sacó del refrigerador. Seguía empeñada en ser pequeña y que su aventura le condujera a sitios más extraordinarios, así que se dejó caer por la botella, a modo de tobogán, y tomó la mala decisión de entrar a tra

El moco

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  Entra en la sala de reuniones con su aire serio y profesional, con su traje bien planchado y con unos ademanes y forma de andar que ya no sabe si son suyos de verdad o, de tanto ensayarlos, se quedaron a formar parte de su persona, como su traje. Se diría que es un traje a medida o casi mejor, que el cuerpo se le ha hecho a medida del traje. Se ha limpiado los zapatos, no sabría decir si con Kanfor o con con la esponja Yak, yo apostaría por lo segundo porque tiene pinta de mantenerlos bien limpios y no necesitar más que una leve pasada cada día. Huele bien. Dios sabe cuántos perfumes distintos probó para elegir el que, definitivamente, reflejaba su personalidad, su profesionalidad… y a juego con el traje y los zapatos. Desprende un olor a Loewe o similar, un olor caro, un tanto pretencioso pero con un aroma a madera agradable al sentido del olfato. Como si ese olor completara al individuo. Abre la reunión con su corrección característica, utilizando alguna que otra palabra gr

Sí. Tú... ¡ay! Yo no

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  Sí: el rey. La contundencia. El querer sin dudar. Sí quiero, para ¿toda? la vida. Sí, sin condicionales y sin condiciones. Con su tilde diacrítica y su aire señorial. Sí, con la opción de equivocarse pero con el convencimiento de no hacerlo. El sí que abre puertas. El sí que las cierra.   Tú: con quien hablo, a quien tuteo. Tú, a quien hago tururú o con quien me tuturureo. Un tú que es diálogo, conversación sincera y un tú a quien no entiendo. El tú de la empatía o de no feedback at all . Porque se supone que hablamos el mismo idioma pero para mí que hablas inglés.   Ay: que me duele; que me sorprendo; que me decepciono; que me harto… Ay, ay, ay de cante jondo, de plañidera, de Bernarda Alba o de sufrir al alba. Vivir en un ay y no ponerle la h bajo ningún concepto.   Yo: ¡Ay yo! Y utilizo el Ay anterior, porque el yo necesita del ay para bajarle el ego al sitio adecuado. Yo, mí, me, conmigo. Monosilábica o trisilábicamente, el yo como problema del mundo. Quiéret

Cabeza finita

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  ¡Quita, lista de la compra!. Me perturbas. Y tú, informe impertinente que me llenas la mente de asuntos grises. ¿Por qué no apartas un poco, cita con el médico, dermatólogo, pediatra o dentista…? Salida 26 de la autopista, primera a la derecha, segunda a la izquierda… ¡qué narices de piloto automático!. ¡Mi cabeza llena de cruces y rotondas! ¿Puedes hacerte a un lado, pescado al horno con patatas panadera? Y quien soy, cómo soy, qué decido, qué busco, qué siento, cómo actúo, por qué sí, por qué no. ¿Hacéis el favor de apartaros un poquito? Mi atención entre conversaciones reales con personas que me necesitan y personajes irreales, dentro de una caja o movidas por un dedito de forma ascendente, encontrando sin buscar, sin querer pero queriendo. Curioso experimento. En el momento de los discos desmaquillantes con leche limpiadora y de la rutina por tener un pelo más sano, ya no tengo fuerzas para decirles que mi cerebro no es su sitio, que se queden en sus correspondiente