Sota, caballo y rey

 


 

Se levanta de forma ágil, tras un sueño casi siempre reparador. No mira el móvil hasta haber hecho su primer pipí del día. Se calza las zapatillas, regalo de Reyes Magos en casa de su cuñada de no recuerda qué año, pero bastantes a tenor de lo desgastadas que se encuentran, y se dirige a la cocina casi siempre sin ponerse la bata, pues su segundo con ascensor y orientación sur fue un acierto.

En la cocina aún quedan, apenas perceptibles, aromas de la cena de la noche anterior, si es que fue caliente, pues muchas son a base de fuet y queso, cortados finito y unas tostadas o simples colines, si es que no compró pan.

La cafetera italiana ha podido con toda la moderna competencia, pues el gorgojeo al hervir y la autenticidad del sabor del café recién hecho se han pertrechado para ser la única opción posible. Siempre café recién hecho. Leche semidesnatada. Siempre la misma marca, de café y de leche.

Al girar la cucharilla con la escasa media cucharada de azúcar que se echa, ve girar retazos de su vida. Algunas veces se ve en la noria de las fiestas del pueblo de su padre; otras veces ve girar las manecillas del reloj esperando una cita que nunca llegaría; en ocasiones ve girar el bombo de la lotería de Navidad esperando ser la afortunada; en alguna ocasión se le vienen a la cabeza los discos de vinilo con ese sonido tan poco nítido pero tan auténtico, con aquellos saltitos que interrumpían la canción brevemente y que tanto le molestaban.

Un par de galletas sin gracia, café de un sorbo y taza a la pila. Abre el grifo para que no se seque el poco líquido restante y lo cierra con tanta precisión que entre un día y otro no hay diferencia en la cantidad que queda dentro de la taza.

De ahí al cuarto de estar, donde recoge la mantita con la que, cada noche, se tapa mientras ve su película antigua de James Dean, Cary Grant, Gregory Peck, Clark Gable…. Sueña con vivir en otra época y se va, sin apenas fuerzas, a la cama a soñar pero esta vez… con los angelitos.

De la mantita, que coloca milimétrica y suavemente en su sitio, a su baño hay apenas siete pasos. Conoce su casa entera en código de pasos.

En el baño la ropa luce colgada en perchas, prevista la noche anterior y siempre bien conjuntada.

El agua muy caliente, demasiado, le limpia por fuera y quiere que le limpie por dentro. Que sane por dentro.

Crema de cuerpo, de cara y talones bien frotados para evitar las durezas que tan nerviosa le ponen.  Sus pies se están empezando a deformar, lo ha percibido hace poco.

Con el conjunto de hoy está acertada, no es de los días mejores pero tampoco de los peores. El poco pelo que tiene le ha quedado hueco y eso le hace parecer más guapa de lo que es. Su sombra azul de ojos, aplicada tal como le enseñaron en el curso exprés de maquillaje y su carmín suave, para dejar paso al protagonismo de sus ojos azules.

En el recibidor coge su paraguas plegable, que siempre mete en su bolso por si llueve. En verano el paraguas también va al bolso.

Al salir de casa se santigua. Siempre lo hace. No sabe si por tradición, por costumbre, por fe o por superstición. Y sale de casa. Suspira. Otro día más.

Espera 3 minutos y medio el 651. Hay tres conductores en el 651, según el turno y los días: el muy simpático, el simpático y el antipático. Hoy tocaba el antipático así que no se ha molestado en dar los buenos días.

Camina desde la parada a su trabajo.

Ha llegado 3 minutos más tarde de lo habitual. “9:03 Fichaje de entrada”

Ha sido eficaz.

Ha sido amable.

Ha sido responsable.

Se ha tomado un café.

Ha sido trabajadora.

Ha sido envidiosa.

Ha comido.

Ha entregado el informe de cierre de mes.

Y ha fichado a su hora

“17:03 Fichaje de salida”

Ha caminado, mientras empezaba a chispear, los 5 minutos que separan la parada del 651 de su trabajo.

Estaba el conductor simpático, así que ha recibido una sonrisa y ha devuelto otra.

En el autobús, de vuelta a casa, un hombre con bigote la ha mirado. O le ha parecido que la miraba. No la mira nunca nadie. Será lo segundo.

Llovía.

Han sido dos las personas que han bajado del autobús en su parada. El señor del bigote y ella. Él le ha hecho un gesto y se ha puesto debajo de su paraguas.

Ella ha hecho amago de no dejarle, pero en unos instantes se ha agarrado a su brazo y han comenzado a andar acompasados, como si llevaran toda la vida entrenando para andar bajo un paraguas sin molestarse.

Al torcer la primera calle se han besado. Un beso cálido y conocido, como el brazo al que se ha agarrado bajo el paraguas.

Se han escondido, se han besado y se han deseado. La ha deseado como nunca antes nadie lo ha hecho. Se la ha comido a besos. Ella se lo ha comido a besos a él.

Han hablado de cosas prohibidas.

Se han vuelto a desear y se han despedido con un beso en la mejilla.

Ha desandado, ya de noche, las calles por las que ha ido de su brazo y ha llegado a su casa.

En el recibidor el paraguas vuelve, aún húmedo como ella, a su paragüero.

Ha cenado fuet y queso finitos. Con colines porque se le ha ido el santo al cielo y no ha comprado pan.

Ha colocado la ropa del día siguiente, esta vez un poco más desenfadada.

Se ha tumbado en el sofá, se ha visto una de Bette Davis y esta noche se ha quedado dormida en el sofá soñando con círculos concéntricos, girando sobre la vida de sí misma.

 


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