"Nulla dies sine linea"




"Nulla dies sine linea"

Plinio el Viejo” - Escritor, científico, militar y naturalista romano (23 - 79 d. C.)



Viene muy al caso, porque muy pocas líneas he escrito en los últimos tiempos. Atrás quedan, como una reminiscencia de buena costumbre, tantas libretas rellenas de producción masiva de material a horas intempestivas…

Pues nada. Cuando no sale, no sale. Y esto es muy de corazón.

Lo que sí es verdad es que, para dar gusto al dicho del señor Cayo Plinio Cecilio Segundo, las líneas han estado en mi cabeza prácticamente cada día. Porque yo sigo escribiendo historias mientras las vivo: las revivo, las reinvento y me planteo otras inexistentes, a veces de lo más peregrinas. Incluso yo diría que de más…

Me he inventado una historia con todo lo perdido que he encontrado: unas gafas de sol, un colgante y una gorra negra en alta mar.

He escrito mentalmente el cuento de la misma catedral de noche, de día, con lluvia y repleta de jóvenes en sus bicicletas.

He hecho un diario de viaje con lugares, comidas, sensaciones y entradas de recuerdo.

Y ha habido muchas líneas, eso sí, leídas en el libro de la Riveira Sacra. Santas líneas por lo de “sacra” y santas líneas por la maestría de escribir y describir con soltura. Las comparaciones son odiosas ¡pero cómo osaré yo…!

Líneas horizontales en Feldberg queriendo tocar los Alpes; líneas curvas en los muñecos de Playmobil y rectas en los de Lego; líneas en los mapas de Google Maps recorriendo una selva muy oscura, a veces con lluvia y sin guía; líneas en los trazos de los números 11, 15 y 50; las líneas rectas de mis siempre estrellas fugaces.

Más líneas en cataratas, verticales claramente; líneas en el pentagrama de tres músicos en agosto; una única línea en una puesta de sol en buena compañía y un gordolobo que no llora líneas sino lágrimas.

Ha habido líneas torcidas de Dios en noches de pensamientos absurdos, enfados tontos y esperar a que llegue el alta.

Con todas estas líneas que nadie me diga que no estoy aprobada.

Me quedan también las líneas de la mano, que saben a dónde vamos aunque nosotros lo ignoremos.



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