Me ilusiona la vida


Me ilusiona la vida

Me ilusiona la vida, con sus días nuevos cada amanecer y con esa maravillosa posibilidad de escribirlo todo de nuevo. Me gusta cómo brilla o cómo se oscurece y, aunque quiera siempre verla vestida de fiesta, sé que hay que disfrutarla con sus luces y sus sombras, única forma de conocer de ella toda sus dimensiones.

Me apetece la vida con su intensidad en forma de palabras, de sonrisas, de miradas, de momentos… Con ese misterio del “¿qué vendrá?”, “¿qué pasará?”, “¿cómo será?”… y ese quebradero de cabeza de “lo que hice bien”, “lo que no supe”, “lo que no decidí”, “donde me equivoqué”…. Y aunque sé que en el ahora está la clave, me lo pierdo a veces por mirar atrás o adelante...

Veo una historia que se autoescribe, con sus más, sus menos, sus peros, sus logros y sus desaciertos… y satisface saber que has estado aquí para seguir formando parte de algo que a lo mejor un día se cuenta.

Me entretengo mirando quién soy yo dentro de esta vida y qué papel desempeño. Y si actúo bien o mal, con ese Pepito Grillo indestructible; si decido bien o mal; si sé ser o sé estar o si sé ser y no ser, como en Hamlet…

Me encanta que al sonreír, el otro me devuelva una sonrisa y me gusta que cuando me sonríen, sin pensar, yo devuelva otra de la misma magnitud. Una de las cosas asombrosas que nos da la vida… y, como todas las maravillosas, gratis. Y que los bebés lo traigan de serie para dar amor desde el primer día: una maravillosa sonrisa. Y que esa sonrisa sea la que te llena la cara de arruguitas…por haber dado felicidad al otro con la comisura de tus labios.

Me gusta la emoción de ser parte de una confesión en la que alguien siente el desahogo y tú te sientes agradecido por haber servido de lugar donde arrojar lo necesario. Y encontrar al otro lado alguien que te escucha y “entiende tus cosas como si fueran propias”… Bonito, en pocas palabras.

Miro a la vida y la veo plagada de gente que pide contar sus cosas  y a las que tú les hablas y, con toda la entrega, te escuchan. Y veo gente que no tiene a quien contarle y me da pena…

Me encanta haber compartido, con grandes en edad y en corazón, momentos irrepetibles aunque la memoria no deje recordar vívidamente cada detalle de entonces. Agradecida a la vida por tanta gente buena encontrada en el camino.

Y me gusta que los pequeños, en edad pero no en corazón, vayan llenando mi existencia y dándole todo el sentido que en ocasiones le pudo faltar.

Doy gracias por sentir amor, cariño, apoyo. Y me pregunto por qué se ha de sentir dolor, miedo, rencor… Lo quiero borrar con goma, teepex, cinta de carrocero, marcha atrás en el tiempo… pero no puedo.

Le pido a la vida ánimo, perdón, fuerza y ella me lo dobla, me lo triplica... y me enseña que está en mí.

Me asombran los gestos generosos que veo en personas anónimas que son mucho más maravillosas de lo que nunca yo podría. Y eso me devuelve la fe en el ser humano y me quita de la cabeza ese martilleo que todo el mundo promulga, aunque no lo hagan en latín: “homo homini lupus”. Me niego a aceptarlo. El ser humano es bueno.

Me gusta que me guste la vida y no quiero que nunca deje de gustarme. Me emociona emocionarme y no quiero dejar de sentir la emoción que a veces me mueve y, a veces, me para. Con las dosis de realidad que llevo, no quiero dejar de quererla. Con todos esos misterios y con todos los desvelos que da… adoro la vida y la quiero adorar.

Gracias a la vida… con el optimismo de siempre pero con más edad.

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