Un juego de niños






Todos los muñecos están dentro de la caja. Perfectamente ordenados. Cuando acaba de jugar los deja colocados para encontrarlos al día siguiente.

Los manda a dormir. Están cansados tras un largo día. Y, de noche, todo es silencio. Coloca las camitas y, a su lado, pequeños despertadores. 

Por la mañana abre la caja y, una vez despiertos y desperezados, se inventa para ellos interesantes historias. 

Los saca de paseo, los junta, lo separa, les añade muñecos en versión pequeña y los lleva a guarderías, escuelas, universidades... Ya veremos cómo acaba la historia que crea con ingenio para cada uno. Le encantan las sorpresas. 

Los agrupa por colores, por familias, por razas...porque, aunque se compran por separado, cree que pegan mejor en grupo. Es como si estuvieran más ordenaditos entre iguales.

Alguna vez que juega a mezclarlos salen chispas. Se inventa reyertas en las que hay espadas y cañones. Y alguno de ellos cae al suelo... Malherido.

Les da o les quita. Según le dé:

- Te monto siempre en ese coche... pero ahora vas a ir andando.
- Antes os ponía a ti y a tu muñequita juntos... pero ahora os pongo  en casas separadas.
- Tú, pequeño rey de la tribu, antes mandabas mucho pero como eres viejito te meto de vuelta  a la caja...

Y, bastante caprichoso, les pone a prueba: 

- A ver qué tal en esta casa nueva - y coloca a toda la familia en el quinto pino.
- Hoy no eres ya el Director del banco, te quedas en casa. 
- Súbete a ese avión, te vas de viaje de negocios.
- ¡Corriendo, corriendo al hospital! ¡Está malito el muñequito pequeño!. Es uno de los juegos de mayor emoción. Ir al hospital. La ocasión perfecta para sacar de la caja la ambulancia… ¡con el juego que da para una historia una ambulancia!

Los muñecos duran años aunque hay que cuidarlos. Se les rompe una pierna, se les cae el pelo e, incluso a veces, es como si estuvieran tristes. Deprimidos. Para eso venden para ellos mil complementos: coches casas, carritos de bebé, motos, yates... Todo lo que uno pueda soñar.  Así que la cosa nunca acaba porque a los pequeños muñecos les gusta una casa más grande o un coche más rápido. Siempre una aventura que inventar para ellos.

Los coge con su mano y los cambia de lugar, les cambia las pelucas, los trajes, los sube, los baja, los monta, los recoloca, los marea... Y ellos, indefensos, se dejan. 
Su pequeña gran mano, poderosa, los mueve desde arriba sin que ellos apenas lo perciban. Están demasiado ocupados en vivir su vida de muñecos dentro de una caja. No ven.

Al final del día, cansados, con un devenir incierto sujeto a la mano de un niño que juega con sus juguetes de forma "inofensiva"..., y en un momento de lucidez, se preguntan cuánto decidieron, cuantos pasos dieron por sí mismos, cuánto fue propio y cuánto ajeno...

Miran a su vecino el hámster, que vive al lado de la caja de muñecos y que da vueltas en la rueda creyendo que llegará a algún sitio, y se preguntan cuánto tienen de diferentes.

Pero, agradecidos, miran a sus muñequitos. Siguen ahí, dentro de la caja, y eso les hace sonreír aunque les hayan pintado una batalla para jugar a la mañana siguiente. Y, sin más demora, cierran los ojos y desean que un día más abran la caja y suene el despertador de mentirijilla para jugar con ellos.

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