Tortilla francesa






TORTILLA FRANCESA

- ¡Esta vez tienes que ser más rápido! Una ronda más y empatamos. Tenemos la estrategia perfecta: yo salgo antes y les despisto. Entonces llegas tú y salvas a todos. ¿Entendido?

En ese mismo instante la voz más inoportuna del mundo parecía atronar en medio de la plaza.

- Chicos…¡a cenar!. 

No podía ser verdad. ¿A quién le parece importante cenar en este instante? 

En ese preciso momento se urdía el plan. Un menudo cónclave tomaba la decisión por unanimidad.

El líder hablaba: 

- Cada uno a su casa a convencer a las madres y abuelas de que nos dejen sacar el bocata a la calle. ¡No hay tiempo que perder!. En quince minutos continúa la partida.

Un remolino de chicos espantados corría a sus hogares a utilizar las más variopintas tretas para lograr su objetivo.

- Mamá, por fa…. Me lo como entero. Te lo prometo… pero, ¡¡¡déjame sacar el bocadillo a la plaza!!!. Hazme lo que sea más rápido, que empiezan sin mí…

- De acuerdo, pero que al menos te alimente. Te lo haré de tortilla francesa.

No había mejor alternativa. Si esa era la condición, bendita condición. Bendito bocata. Bendita tortilla.

Servilleta en ristre para transportarlo… y a la calle todos de nuevo. Ni uno solo faltaba a la cita.

El calor del verano rebajaba las exigencias paternas y el horario impuesto.

- Con suerte, se olvidan hoy y nos dejan más tarde de las doce.



  
- Demasiados correos hoy. No he dado abasto. Tengo la cabeza como un bombo. ¿Te apetece un café?.
La propuesta no puede ser más oportuna. Necesitaba un break sin falta y la idea de dar un paseo al bar cercano me oxigena. 

Aquel bar en invierno se ve triste. Salvo los ojos azules y un tanto estrábicos de la camarera, el resto es anodino.

- ¿Qué te apetece? ¿Un "Andaluz"?

- Sí, lo de siempre… 

En ese momento repara por primera vez en un nombre de desayuno:  

“Norteño”: Café con leche y bocadillo de tortilla francesa. 

- No. He cambiado de opinión. Mejor tomaré el "Norteño".

Los ojos azules de la camarera le miran - o no - al servirle el desayuno, e inmediatamente después de responderle con un “gracias”, el sabor del bocadillo le traslada con total nitidez a los más exactos sentimientos de una edad temprana.

Aquel desayuno hizo más que evocar recuerdos. Le hizo llegar con total claridad la forma de ser y de sentir de los nueve años.

Le hizo subir a la velocidad de la luz una escalera de piedra de peldaños deformados, irrumpir en una cocina con sabor, entrar a regañadientes a lavarse las manos, olvidar dar las gracias a mamá...

- Vámonos. No hay tiempo que perder. En veinte minutos acaba el descanso y el jefe nunca se despista...

Vuelta al despacho. Me espera un informe.


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