No érase una vez





NO ÉRASE UNA VEZ


No érase una vez.

No había duendes ni hadas.

No hubo final feliz ni beso de despedida.

Las noches no eran tan estrelladas como en los cuentos, ni el agua tan cristalina.

No érase que se era ni la princesa  ni el príncipe, ni las ranas ni los sueños, ni una escoba con su bruja piruja.

No érase ni el bueno ni el malo. Ni el vengador ni el pobre.

No le habían contado ningún cuento. No existía la fantasía. No existían mundos inimaginables por explorar.

No conocía a Perrault, ni a Hans Christian Andersen, ni tan siquiera a Esopo.

No sabía de Platero, de Hansel, de Pulgarcito, del Enano Saltarín, de Epaminondas ni del Gallo Kiriko.

No le besaron para deshacer el hechizo. No encontraba varita mágica alguna. Los superpoderes eran producto de alguna industria cinematográfica.

No érase una niña, ni su cuento, ni su madre a la cabecera para leerlo. No érase la historia de antes de dormir, la historia que calma, que quita miedos, que relaja, que hace soñar.


No érase la protagonista. No érase ella.

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